Soñé que soñaba el rostro de Inés

Dicen que los sueños premonitorios son extremadamente realistas, apenas distinguibles de la realidad misma. Yo una vez tuve uno: soñé que me despertaba temprano, mientras Fran dormía tranquilo, a mi lado. Desde hacía casi tres años queríamos ser padres, pero aquel deseo se iba alejando a medida que pasaba el tiempo. En mi sueño, me dirigí al baño para hacerme un test de embarazo como indica el protocolo, con la primera orina del día. Y allí apareció un positivo evidente. Pero desperté.

Mi historia es la de tantas parejas. Después de un año y medio intentándolo, y tras un tratamiento básico e infructuoso en Puertollano, nuestro lugar de residencia, decidimos que había llegado el momento de acudir a un centro especializado, a una clínica de reproducción humana en el hospital Moncloa, en Madrid.

Las primeras pruebas revelaron un pólipo endometrial, baja respuesta ovárica y una endometriosis. Aquello fue un impacto emocional intenso, pues a los 29 años una nunca piensa que ser madre pueda convertirse, de forma repentina, en un desafío.

Me sometí a varios ciclos FIV en los que aquellos embriones que me transfirieron nunca llegaron a desarrollarse en mi útero. Cada fracaso era una piedra enorme con la que cargaba en una mochila que se iba vaciando de ilusiones. Fran era el pilar de una estabilidad emocional que se tambaleaba y gracias a él, al apoyo de un psicólogo y al esfuerzo que los profesionales de la clínica estaban haciendo, puede seguir adelante en un trayecto plagado de incertidumbres.

La presión social no ayudaba, los comentarios frívolos –aunque bienintencionados– animándome a relajarme, a olvidarme del “tema”, a valorar otras opciones, tampoco. Como si un instinto tan poderoso como este, la maternidad, pudiera diluirse como se diluyen mis embriones en el epicentro de mi feminidad, en ese espacio casi mágico en el que se crea la vida.

El último ciclo de fecundación in vitro antes de valorar alternativas como la ovodonación fue un desastre, el peor de los tres ciclos. Un solo embrión y de calidad media. Aquello no podía salir bien.

En aquellos días de espera después de la última transferencia embrionaria, soñé que muy temprano –quizás no había amanecido–, me hacía un test de embarazo en la soledad del cuarto de baño de mi casa. Aquel test daba positivo. Pero volví a despertar. Tumbada sobre la cama, escuchaba mi ritmo cardiaco: mis percepciones oníricas eran tan reales que ni siquiera podía asegurar que estuviera verdaderamente despierta. Me incorporé, me dirigí al baño, oriné en el vasito e introduje la banda del test.

Han pasado ocho meses desde que fui madre. Observo el rostro de Inés como quien observa una realidad que no termina de creerse. Aceptar que un deseo casi utópico se ha materializado requiere tiempo. Una podría tener la sensación de que está soñando ese deseo, recreando en el espacio de lo onírico una vida idealizada que solo yo puedo soñar. Porque los sueños son de una, aunque a veces se puedan compartir.

Por cierto, ¿os he contado que una vez tuve un sueño premonitorio?

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