Teoría del Big Bang

Tengo la certeza de que nuestra existencia tiene zonas grises que somos incapaces de interpretar desde el presente. Acontecimientos, personas, situaciones que pasan inadvertidas a nuestra percepción consciente en el momento en que se producen pero que, pasados los años, cobran una dimensión trascendental. Son, verdaderamente, puntos de inflexión vitales: un hecho, una persona, pueden cambiar nuestra vida.

Cuando no puedes tener hijos y empiezas el largo, fatigoso e incierto camino hacia la maternidad y la paternidad sabes que son muchos los aspectos de tu vida y de tu personalidad que pueden salir reforzados o muy dañados. En nuestro caso, la relación de pareja se fortaleció, se produjo una especie de comunión espiritual y emocional que hizo de mí un hombre eternamente enamorado de una mujer que lo estaba dando todo por alterar el destino natural de las cosas. Yo me agarré a su mano y me dejé llevar: sosteniéndola cuando flaqueaba y agarrándome fuerte a ella cuando subía montañas.

Pero ese destino no siempre puede ser corregido gracias a la ciencia porque ésta, por sí misma, a veces es incapaz de alterar lo que se revela como un imposible. Y es que, más allá de los avances técnicos, de la innovación, de los recursos y de la necesaria investigación, estoy absolutamente convencido de que la experiencia, la pericia, la empatía, el llamado “ojo clínico” y la habilidad técnica son determinantes. En definitiva: el factor humano fue esencial en nuestro caso (y en tantos otros).

Ese factor humano tiene nombre y apellidos: Carmen Segura González, Doctora en Medicina, ginecóloga, obstetra y especialista en reproducción humana asistida. Ya sé que, en medicina –como en otros campos de la ciencia– los equipos y los recursos técnicos son esenciales, y doy gracias porque la Dra. Segura contara con los mejores (para ellos y ellas nuestro reconocimiento). Pero permitidme que personalice, que ponga el foco en la inteligencia intuitiva de la mujer que fue capaz de mirar donde otros antes no lo hicieron; de observar los matices, de explorar con otros ojos; de escuchar con atención, de hacer las preguntas correctas, de poner todo su conocimiento y el cien por cien de su esfuerzo en lo que estaba haciendo en aquel instante, en el “aquí y ahora” (como lo hace siempre, con cada paciente y en casa caso).

Ella tuvo éxito donde otros fracasaron. Tras cinco años de intentos, de recorrer el camino de la incertidumbre, mi mujer y yo tuvimos un niño y una niña. La doctora Carmen Segura se cruzó en nuestras vidas y lo cambió todo.

Pero no quiero dejar una idea sin cerrar: los hechos, aparentemente intrascendentes que, pasado el tiempo, revelan su sentido. A la doctora Carmen Segura la conocí muchos años antes –cuando mis inquietudes eran las propias de un adolescente y no las de un padre de mellizos–. No podía saber entonces que aquella mujer que hacía guardias maratonianas en las Urgencias de un hospital madrileño sería, mucho tiempo después, el Big Bang que expandió nuestro particular y pequeño-gran universo.

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