Visualizar un deseo nos acerca más a él

Empezaré mi historia por el final. Tengo dos preciosas niñas mellizas que no llegan al año de edad. Su hermana mayor está encantada –porque yo ya era madre antes de que vinieran al mundo mis dos pequeñas– y nosotros inmersos en una especie de bienestar emocional y vital que parece irradiarse a todo nuestro entorno. Sin embargo, no siempre fue así.

Buscar la maternidad con casi 45 años de edad requiere no sólo el deseo, las ganas, el esfuerzo y la capacidad de sacrificio de quien ansía materializar esa posibilidad, sino que implica un nivel de compromiso por parte de terceros que nos siempre se encuentra. Así fue con varios especialistas en reproducción humana que desde la sanidad pública prácticamente me desahuciaron. No es sólo la ausencia de empatía, sino la falta de tacto. Ser médico debería implicar algo más que un extenso conocimiento teórico-práctico: hablo de sensibilidad (en esto también se puede formar a las personas).

Mi desesperación encontró consuelo en el apoyo de mi familia y juntos volvimos a retomar la búsqueda de ese objetivo. Y así llegamos a la Unidad de Reproducción del Hospital Moncloa, donde la profesionalidad y la calidad humana de personas como la doctora Carmen Segura y la enfermera Charlotte nos hicieron sentirnos escuchados y comprendidos en nuestros deseos y, también, en las dificultades que entrañaba. Pero sin renunciar a explorar todas las posibilidades.
Recuerdo cuando iniciamos el protocolo para encontrar una donante de ovocitos –una mujer anónima a la que estaré eternamente agradecida por su gesto de generosidad– y las posteriores fases del tratamiento para preparar mi cuerpo –el mismo que otros habían considerado caduco para afrontar la gestación de una nueva vida– de cara a la maternidad.

Pero, a veces, parece que nuestros deseos sólo pueden quedarse en eso, en deseos; y nuestro ánimo encuentra motivos suficientes para derrumbarse. Gracias al tratamiento había conseguido el embarazo, pero una mala praxis médica en otro hospital en el que me estaban haciendo el seguimiento del mismo, provocó un aborto. El deseo no sólo no se materializaba sino que lo veía cada vez más lejano.

Mi estado emocional era el de un día gris, tormentoso, de nubes negras que nunca iban a disiparse. Dicen que, a veces, visualizar intensamente un deseo ayuda en su materialización. Inicié una etapa en la que con la ayuda de terapias alternativas como la homeopatía y realizando un esfuerzo mental para visualizarme en ese estado que tanto deseaba, afronté un nuevo intento en UR-Moncloa.

El resultado ya lo conocéis porque el final de esta historia –mi historia– es el principio de la misma. Y es que, en la vida, muchas veces, la mejor manera de alcanzar los sueños es visualizándolos y eso siempre es el comienzo, el principio, de una nueva historia. Hoy soy una feliz madre de 48 años con tres hijas –dos mellizas– que apenas me dejan un minuto libre. Para mí eso es el comienzo de una gran historia.

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