El vínculo materno-fetal más allá de la genética

Uno de las palabras que más rechazo genera en una mujer que está inmersa en un proceso de reproducción asistida es “ovodonación”. Resulta razonable y comprensible que las expectativas de cualquier mujer que tiene dificultades para lograr un embarazo pasen por llegar a éste partiendo de una premisa casi innegociable: que el embrión proceda de un óvulo propio. Las dudas y sensaciones negativas que genera la posibilidad de tener un hijo o hija que no esté vinculado genéticamente a la madre son múltiples: desde sentirse excluida del proceso reproductivo, siendo “únicamente” gestante hasta intentar responder a todo tipo de cuestiones del tipo ¿qué información deberé contarle, u ocultarle, en el futuro a mi hijo o hija?, ¿a qué preguntas tendré que enfrentarme y qué respuestas serán las adecuadas?, ¿generaré algún rechazo inconsciente al saber que no es genéticamente mío?, ¿de quién será el óvulo donado?, ¿cómo se tratan los óvulos?, ¿qué procedimientos siguen con las donantes?, ¿qué garantías tengo sobre la calidad del óvulo donado?

Algunas de estas preguntas tienen respuesta en varias fuentes. Una de ellas está en la Unidad de Genética de las clínicas del Grupo UR –que cuenta con el primer biobanco de ámbito privado autorizado en nuestro país– donde especialistas en genética clínica en reproducción asistida garantizan los mejores protocolos en todas las fases de un procedimiento de ovodonación.

Cuando los especialistas planteamos esta opción, lo hacemos en pacientes con edad avanzada, fallo ovárico oculto, anomalías genéticas, abortos repetidos o menopausia, entre otras, y que por diversas razones no tienen ovocitos capaces de dar lugar a un embrión evolutivo y sano. En consecuencia, cabe deducir que la ovodonación es una alternativa que nunca se plantea de forma frívola o caprichosa. A partir de aquí, tendrá que ser la mujer –o la pareja– quien decida; pero siempre desde la reflexión y con toda la información posible a su alcance; con todas sus dudas –incluidas las emocionales– resueltas por el equipo médico y, también, por su entorno afectivo y, muy importante, sin presiones.

En la idea de aportar información, es bueno reseñar algunas novedades en uno de los aspectos que más inquietud genera en la mujer que se plantea la posibilidad de concebir con óvulos de donante: el vínculo genético.

No todo es genética

Desde que el Proyecto Genoma Humano viese la luz en el año 2003 –acontecimiento que supuso un punto de inflexión en el campo de la genética– hasta hoy, han sido muchos los avances en el estudio de esta especialidad, concretamente en un ámbito no estrictamente genético y, sin embargo, fuertemente vinculado a él: me estoy refiriendo a la epigenética.

¿Qué es la epigenética? De forma general y circunscrita a la reproducción humana, podría definirse como todo el abanico de circunstancias y agentes no genéticos que intervienen y condicionan el desarrollo del embrión y su expresión génica. Este último concepto resulta de especial interés pues explica el mecanismo por el cual toda la información genética del ser humano, siendo ésta común o básica –el contenido de ADN de todas las células es el mismo–, se ha manifestado de manera muy distinta, como en una especie de gran dominó en el que partiendo de una posición común para todas las fichas, en negro y boca abajo, un número de ellas se han ido volteando y mostrando en función de una serie de factores.

Son estas fichas las que determinarán el resultado final y dotarán al ser humano de una identidad individual y propia. Pues bien, la epigenética condiciona que sean unas fichas en lugar de otras las que se muestren (se expresen) o, dicho en términos científicos, influyan en la expresión génica.

Uno de los agentes asociados a la epigenética a los que hacíamos referencia es el útero materno, concretamente el endometrio. Recientes estudios –como el realizado por el investigador Felipe Villela bajo el título El origen materno de enfermedades adultas, presentado en la última edición del Congreso Internacional IVI– han revelado “que existe un intercambio entre endometrio y embrión, en el que el endometrio puede inducir que en el embrión se expresen o se inhiban funciones específicas dándose lugar a modificaciones epigenéticas”.

Teniendo en cuenta que un embrión cuenta con una información genética aportada en un 30% por el padre, un 30% por la madre y un 40% de mutaciones genéticas que se producen en el desarrollo embrionario y en las que juega un papel importante la epigenética y, por tanto, la información transferida entre endometrio y embrión, a lo que habría que sumar la denominada comunicación materno-fetal, es decir, el vínculo natural entre la mujer gestante y el embrión que se desarrolla en su interior, podemos afirmar que el lazo materno-filial entre una madre que se ha sometido a un tratamiento FIV por ovodonación y su futuro hijo genera ataduras tan intensas como las genéticas. Cada vez existen más evidencias que confirman que el hecho de gestar implica una transferencia de información desde la madre hacia el feto que sin duda influirá –al igual que el resto de factores reseñados– en todos los elementos que conforman al ser humano.

Más allá de lo dicho, habría que considerar todo lo que implica el proceso afectivo y educacional que comienza con el hijo nacido y los vínculos que éste genera. Pero este terreno, aunque apasionante, les corresponde a otros especialistas abordarlo con criterio y argumentos.

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