De “quimeras” y ética

El pasado 16 de abril, infinidad de medios de comunicación de todo el mundo publicaban la noticia: científicos liderados por el español Juan Carlos Izpizua conseguían crear, en el Laboratorio de Investigación Biomédica de Yunnan, en China, embriones “quimera” con células de mono y de humano.

Inevitablemente, y como reacción inmediata natural y muy humana, cualquiera que lea esta información se preguntará, justificadamente, si no estaremos jugando con fuego. Y más en el actual contexto pandémico, donde no son pocos, incluidos profesionales de la ciencia, los que se interrogan sobre la posibilidad de que el Covid-19 no fuera un virus “descontrolado” más allá de la versión oficial dada por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Los embriones creados in vitro, llegaron a vivir 19 días en laboratorio, y el objeto de este experimento no era otro que “crear quimeras de cerdo y persona con la meta final de generar órganos humanos en el ganado porcino”. Parece evidente que hablamos de salvar vidas (humanas) mediante la aplicación de la ciencia y la medicina ante la alta demanda de órganos para trasplantes en personas gravemente enfermas.

La ética, una vez más, juega un papel necesario ante este tipo de vías para el progreso de la ciencia. Generar órganos humanos en animales puede ser un objetivo legítimo que, a priori, y sin ser yo una experta en bioética, no debería generar importantes conflictos en este terreno. La cuestión, una vez más no es sólo los instrumentos que utilicemos para este fin sino, principalmente, las consecuencias de abrir caminos que otros transitarán hacia objetivos menos legítimos o, directamente, aberrantes.

Genética y reproducción humana

La genética y la reproducción humana son campos en los que suele ponerse el foco de la ética. Los profesionales que trabajamos en estas disciplinas siempre estamos sometidos a una presión añadida ante ciertos ojos escrutantes, como si no fuéramos suficientemente éticos y profesionales en nuestro trabajo o no existieran organismos e instituciones del campo de la bioética, además de normativas y leyes, que acotan ciertas prácticas en una actividad que, conviene recordar, tiene como objetivo fundamental algo grandioso: crear vida.

Dicho lo anterior, y desde ese conocimiento directo de la relación entre la bioética y la medicina, me atrevo a dar mi opinión: ser pionero en cualquier campo es siempre arriesgado porque lleva cierta carga de incomprensión pero, sobre todo, en la ciencia (algunos, en su época, fueron quemados por sus descubrimientos médicos o científicos). Sin embargo, los científicos que abren camino y que tienen claro cuál es su objetivo y cómo alcanzarlo, deben ser conscientes también del mal uso que de esas técnicas puede llegar a hacerse y, sobre todo, desarrollar sus investigaciones en un contexto adecuado, que garantice y transmita no sólo seguridad jurídica y normativa, sino principios éticos y una imagen impoluta. En mi opinión, no parece que China sea el entorno más adecuado para este tipo de proyectos, menos aún cuando ya se desarrollaron en aquel país recientes experiencias en edición genética (CRISPR) lideradas por el científico chino He Jiankui que traspasaron todos los límites de la ética.

En todo caso, sirva una metáfora como conclusión, por lo menos en el territorio de la ciencia: nada es blanco o negro en su totalidad, hay infinidad de grises y cada cuestión debe ser evaluada de manera concreta y sin juicios sumarísimos pero con mucho, muchísimo, control. El descontrol lleva al caos y a la tragedia.

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