Reproducción humana y medicina en tiempos de pandemia

Que yo recuerde, una de las razones por las que estudié medicina es porque, de niña, me encantaba ir a la consulta de mi médico de cabecera, Don Antonio, y comprobar cómo aquel hombre era capaz de curarme, de encontrar remedios para mis dolencias, a pesar de que, afortunadamente, nunca se salieron de las típicas o habituales, de las que suele padecer todo el mundo a lo largo de su vida. En definitiva, me maravillaba la posibilidad de tener el conocimiento y la experiencia para curar a las personas ante la enfermedad.

Semanas antes de que este virus que ha llegado a nuestras vidas adquiriese, oficialmente, dimensiones de pandemia, empecé a leer todo lo que podía, consultando fuentes solventes a las que solemos acudir los médicos, además de intercambiar opiniones y enfoques sobre la situación con amigos y colegas de profesión. Cuando lo que parecía irreal fue adquiriendo forma y haciéndose presente en nuestra realidad, entendí que venían semanas difíciles para todos y todas pero, especialmente, para las mujeres y los hombres que nos dedicamos a la medicina. Y comprobé, con tristeza e impotencia, que por muy preparados y por mucha experiencia que tengamos los profesionales de la medicina, hay situaciones extremas, como esta, en la que se nos escapan muchas vidas. Esta pandemia me ha permitido confirmar que todo es secundario, menos la salud. También que, como sociedad y desde un punto de vista institucional, los recursos sanitarios deben ser una prioridad para los Estados y para garantizar el bienestar de las personas. En esta crisis sanitaria hemos comprobado, como en el cuento de la cigarra y la hormiga, que gracias al trabajo de las hormigas, hemos podido salir adelante -a pesar de las tragedia vivida y el coste en vidas humanas- y que las cigarras, que las hay, no quisieron o supieron escuchar los avisos en forma de alerta que llegaban, no sólo unas semanas antes de la pandemia, sino años atrás, cuando científicos cualificados advertían que, más pronto que tarde, el mundo tendría que hacer frente a un virus que pondría en jaque nuestra forma de vida.

Aprender de los errores

Según la Real Academia, la medicina se define como el “conjunto de conocimientos y técnicas aplicados a la predicción, prevención, diagnóstico y tratamiento de las enfermedades humanas y, en su caso, a la rehabilitación de las secuelas que puedan producir”. De esas cuatro aplicaciones que cita esta definición, parece que nuestro talón de Aquiles ha sido la predicción. No supimos predecir lo que se estaba fraguando en la, entonces desconocida para la mayoría, ciudad china de Wuham. Sin embargo, mi intuición me dice que muchos profesionales médicos, fueran o no especialistas en virología y enfermedades infecciosas, veían con preocupación lo que estaba pasando y con inquietud lo que podría llegar a suceder. La cuestión es si, en no pocos casos, se impuso lo que los especialistas en comunicación y opinión pública denominan la “espiral del silencio”: esa dinámica social por la cual una mayoría de personas que no comparten las tesis “oficiales” por creer que son las mayoritarias deciden callar, guardarse su opinión por miedo a que pueda ser despreciada o, sencillamente, porque va en contra de un clima de opinión dominante que, en el fondo, no es tal.

Ejercer la medicina en un nuevo contexto

Dicho lo anterior, y asumiendo que se cometieron errores de apreciación y de respuesta, pero reconociendo, también, que se ha actuado y se han tomado decisiones en un contexto extremadamente complejo del que no existían precedentes en la historia reciente, los profesionales médicos debemos centrarnos en estudiar, en profundidad, todo lo que vamos conociendo de este virus, día a día, también en nuestra práctica clínica, para poder conciliar su impacto con cada una de las especialidades médicas que ejercemos en cada caso. Mis compañeros de enfermedades infecciosas son, ahora, la vanguardia científica para desactivar el impacto de este patógeno en nuestras vidas, pero el resto de profesionales médicos debemos “estudiar” este virus con la misma intensidad, desde nuestra perspectiva y, sobre todo, desde la esencia de lo que vocacionalmente somos: médicos. En este sentido, y en la especialidad en la que yo me desenvuelvo diariamente (la medicina reproductiva), he contribuido, con todos los profesionales de nuestra Unidad de Reproducción y del Hospital HLA Moncloa, a definir los protocolos para “convivir” con la mayor seguridad posible con el virus y poder retomar la actividad de nuestra especialidad -como el resto- ante la necesidad de atender a nuestros pacientes.

En esta situación, además, hemos reforzado la información y la transparencia con los pacientes para que puedan disponer del conocimiento suficiente ante la posibilidad de someterse a un tratamiento de reproducción asistida. La decisión final debe ser compartida entre médico y paciente, siempre prevaleciendo el criterio médico, pero ateniendo el deseo o necesidad de aquellos que no quieren aplazar la posibilidad de ser padres. Por esta razón, los especialistas en reproducción humana aplicamos, constantemente, todo lo que vamos conociendo sobre el Covid-19 a nuestra especialidad y práctica clínica, utilizando todos los instrumentos científicos que nos permitan profundizar entre los riesgos y beneficios de según qué tratamientos en un contexto como el actual.

Los embarazos espontáneos siguen produciéndose en nuestra sociedad, las niños y niñas siguen naciendo, la vida continúa… No hay razón, a priori, para que no sea igual en el caso de aquellos que deben acudir a la medicina reproductiva para materializar esos mismos deseos. Sin embargo, tenemos la obligación profesional y ética de entender que no todo vale en la actual situación y que cada caso debe ser valorado de forma individual y cada tratamiento personalizado. Esa será nuestra forma de trabajar, de retomar una actividad que es nuestra vocación: no renunciamos a nada, pero cada paso que demos lo haremos desde el conocimiento y la ciencia, no desde la opinión pues, como dijo Hipócrates -uno de los referentes en la historia de la medicina- “hay dos conceptos: ciencia y opinión. El primero engendra conocimiento, el último ignorancia”. Quizás por eso me atrevo a decir que en toda esta situación ha faltado más ciencia y ha sobrado opinión.

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